Akbar, el Grande, un feminista del siglo XVI

Mientras en la sociedad islámica actual, el concepto de mujer es, en muchos casos, peyorativo, y desde luego, siempre, inferior en derechos al hombre, en Asia, en pleno siglo XVI, en el entonces llamado Hindustan- hoy, parte de la India actual- nos encontramos a un monarca musulmán avanzado a su tiempo en casi todos los aspectos de su vida y gobierno, pero desde luego, y sin lugar a dudas, en lo que se refiere en su actitud hacia la mujer.

Abu’l-Fath Jalal-ud-din Muhammad Akbar, más conocido como Akbar, el Grande (1542-1605), está considerado el más importante de los emperadores mogoles que gobernaron la India desde 1526 hasta 1858.
Durante el reinado de Akbar, el Grande, el imperio mogol triplicó su tamaño y riqueza, extendiéndose desde Afganistán, Uzbekistán, Pakistán y Bangladesh, hasta prácticamente toda la India actual, excepto algunos territorios del sureste del país, que no serían anexionados hasta años posteriores por un nieto suyo, y la región de Goa, que estaba en manos de los portugueses.

Akbar fue, sin duda, uno de los mejores gobernantes que haya tenido la India. Amplió el tamaño del imperio y aplicó importantes reformas que condujeron a la prosperidad económica y la estabilidad del Imperio, como el apoyo a la industria textil, y la construcción de numerosos puertos marítimos y carreteras, mejorando de forma notable las comunicaciones, lo que dio un enorme impulso al comercio de especies, textiles y otros productos de lujo que tan bien pagados eran en Europa.

Defendió los derechos humanos y el sistema educativo para todos sus súbditos, con independencia de su sexo, clase social o religión. Logró el apoyo de las clases militares y los terratenientes, y premiando la valía y la lealtad, sin tener en cuenta el origen, raza o el credo del individuo, atrajo a su corte a intelectuales de otros países, asegurándose los servicios de los hombres más capaces.

Pero, por encima de todo, su gran acierto fue permitir la libertad religiosa en una sociedad multicultural, multiétnica y multireligiosa, donde convivían musulmanes, hindúes, budistas, sijs, jainitas, zoroastristas y cristianos. Esta tolerancia religiosa le evitó tensiones internas, e hizo que todos los habitantes del Hindustan tuvieran, por primera vez, sentido de unidad. Y cuando todos reman en la misma dirección, el éxito suele estar asegurado.

Akbar, el Grande, gobernó con mano de hierro cuando hizo falta, pero supo ser compasivo, generoso y justo la mayor parte de las veces. Hombre de gran cultura, de mente abierta, interesado por todo cuanto llegaba de fuera y podía significar progreso, fue también un hombre sensible, que muy posiblemente por haberse criado, casi en exclusiva, en un ambiente femenino, valoró y reverenció a las mujeres de forma insólita en su época, convirtiéndose en su gran defensor y protector.

Las mujeres mogoles de su propio harén recibían salarios acorde a su rango y funciones dentro del mismo, y tenían derecho a la propiedad de tierras y negocios. Trató de que hombres y mujeres tuvieran las mismas oportunidades para decidir sobre su futuro, no aceptando el matrimonio de menores, o sin el consentimiento de la contrayente, normalizando el estatus de la mujer después del divorcio, y defendiendo la igualdad de derechos de varones y hembras frente a la herencia. Abolió la costumbre hindú del ¨sati” que obligaba a las mujeres a lanzarse a la pira funeraria del marido, y consintió y hasta fomentó, en varias ocasiones, el matrimonio de las viudas o de las divorciadas. Prohibió, enérgicamente, la esclavitud o el trato vejatorio hacia las mujeres del enemigo vencido en batalla, e incluso acogió a muchas de ellas en su harén, permitiéndoles conservar su religión y costumbres, otorgándoles los mismos derechos que a las mujeres mogoles.

Puede que el hecho de estar rodeado de familiares femeninas de gran inteligencia, como fueron su propia madre, Hamida Banu Begum, o su tía paterna, Gulbadan Begum fuera lo que hizo que Akbar desarrollara esa visión tan abierta hacia el sexo femenino de una sociedad islámica, y que llevara su admiración y respeto hasta límites nunca vistos hasta entonces, convirtiendo a las mujeres de su entorno en consejeras de su propio gobierno, a quienes consultaba asuntos de Estado de la mayor importancia, y quienes sin duda influyeron en muchos aspectos de su acertadísima política.

Un visionario, un hombre adelantado a su tiempo, un feminista convencido. Para mí, uno de los más grandes gobernantes de la historia de la humanidad, a quien, sin embargo, y por desgracia, pocos fuera de la India conocen hoy en día, pero que tendrás oportunidad de conocer bien si te animas a leer mi novela, Si al menos la luna.

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